La praxis revolucionaria no se realiza sobre la nada, en el cosmopolitismo más universalizador. Uno de los grandes tópicos sobre Marx es que despreció las luchas de liberación de los pueblos oprimidos. Generalmente, el grueso de las interpretaciones que se hacen de Marx y de Engels al respecto se limitan a los años iniciales, al período que culmina en la oleada revolucionaria de 18481849. Sin embargo, en los años posteriores, cuando realmente asistimos a la profundización rigurosa de su teoría, vemos cómo se agudiza su preocupación por las luchas de liberación. De hecho, se puede demostrar sin esfuerzo que la evolución teórica de la actualidad de las luchas revolucionarias varía en Marx al son de los cambios geográficos de esas luchas, desde Inglaterra hasta la Rusia zarista pasando por Alemania: el análisis riguroso de las peculiaridades, tradiciones, lengua y cultura, historia nacional, etc, de los pueblos que malviven dentro de esos marcos geoestatales fue siempre una constante casi obsesiva en la praxis de Marx. Además de esas situaciones, también dedicó detallada investigaciones históricas a otros pueblos sin Estado propio. Desde finales de la década de 1850 va integrando lo nacional en la lógica de la explotación capitalista, como elemento estructurante de las fuerzas en pugna, como basamento socio-histórico innegable de la realidad social.
Desde luego que en su obra vemos tremendas lagunas y debilidades a la hora de apreciar fenómenos revolucionarios exteriores, del continente Amerindio y de Asia, también de Africa, aunque aparecen desperdigadas múltiples opciones concretas de problemas concretos. De todos modos y sin que pretenda ser un exculpatorio, aún están por publicarse multitud de cuadernos manuscritos del último Marx, del período de mayor fecundidad y rigor. Lukács afirma haber oído a Riazanov en los años treinta que en el Instituto Marx-Engels de Moscú estaban archivados cuadernos manuscritos sobre borradores de El Capital que, según las apreciaciones de Riazanov, componían un total definitivo de diez gruesos volúmenes, considerando los tres publicados para entonces. Ahora justo están publicados cuatro de ellos. No conocemos todo el pensamiento de Marx y es aventurado condenarle sin dejarle defenderse. Marx no es como esos terratenientes del cuento de Gorki, ajusticiados por las iracundas masas campesinas sin darles opción a la palabra.
Viene lo anterior a colación porque no puede existir praxis revolucionaria que no sea praxis de liberación nacional. Una vez más, como siempre, abrimos el libro de la historia. Todos los procesos revolucionarios triunfantes han sido procesos de liberación nacional o han tenido una determinante significación de recuperación nacional frente a las posturas apátridas y traidoras de sus clases dominantes. Todos los procesos revolucionarios que han sido derrotados, han menospreciado, minus o subvalorado las profundas raigambres nacionales en las masas, raíces manipuladas y tergiversadas por las clases opresoras. Todos los fascismos, nazismos, militarismos, períodos contrarrevolucionarios de larga duración y con cierto apoyo de masas, han sostenido esa legitimidad y fuerza de anclaje con los referentes e imaginario colectivo gracias al monopolio tergiversador de la conciencia nacional después de haberla depurado de todo rastro revolucionario. Por último, todos los esfuerzos políticos de agitación desnacionalizada, ultrainternacionalista y libresca, es decir, esa palabrería de manual dogmático y catón simplista, nunca ha penetrado en las masas nacionales más allá de la superficie. La experiencia histórica es aplastante en este decisivo asunto.
La praxis revolucionaria desarrolla su pleno radicalismo, su heroicidad más consciente y su decisión de luchar hasta vencer o morir, cuando es praxis de liberación nacional del pueblo trabajador. Es en situaciones así cuando el sentido de la vida y la definición de la muerte unida a ella, aparece plenamente. El sentido de la vida y la vivencia de la muerte como culminación de la vida, como broche último de una vida consciente e independiente -criterio definidor del sentido de la vida que tenemos los marxistas- se materializa en los períodos prolongados de resistencia nacional a la opresión, de resistencia de clase del pueblo trabajador, de lucha y emancipación antipatriarcal. La identidad del sujeto consciente, independiente, militante y dispuesto a dar la vida muriendo y matando por su pueblo, esa identidad que tantas veces hemos visto desplegarse en la historia, es el acto que devuelve al sujeto el carácter de actor y director del drama de su vida, rescatándolo del mero papel de coro pasivo en la tragedia dictada por los dioses. Está claro que en medio de esa práctica, en su interior, hay concepciones éticas sobre la violencia, la muerte, el daño y dolor a terceros, el mal menor necesario, la necesidad de la violencia defensiva como respuesta ineludible en determinadas condiciones precisas a la violencia opresora, las formas y momentos de esa violencia defensiva, sus conexiones e interrelaciones con otras formas de lucha, todo ello está claro y no podemos desarrollarlo aquí. Necesitaríamos un debate específico para ello.
La praxis revolucionaria llevada hasta sus consecuencias plenas es en sí misma una filosofía del desarrollo del individuo dentro de la colectividad, dentro de su clase y pueblo. Aún más, es una filosofía del tiempo en su totalidad, que no sólo del tiempo concreto del humano concreto. Lo es porque esa praxis es consciente de que los resultados óptimos de su acción y en caso extremo de su sacrificio personal, sólo se materializan en todas sus interrelaciones y efectos globales con el paso de muchos años. En sentido de la vida y la vivencia de la muerte como su culmen adquieren en esa filosofía de la continuidad todo su alcance. Una vez más volvemos a los griegos que decían que una persona sigue viva mientras esté presente en la memoria de sus descendientes y en la perduración de sus obras. La filosofía de la muerte judeocris-tiana hace justo lo contrario pese a que es tan manifiesta la superioridad del pensamiento clásico que ha terminado por introducirse parcialmente en ella. La filosofía de la vida, de su sentido, de la praxis revolucionaria está a diario en activo, dándonos lecciones, en los prisioneros abertzales sitos en las cárceles de exterminio. Ahí tenemos una demostración estremecedora de su potencial y alcance: la historia reciente de Euskal Herria, su presente y sobre todo su futuro están en activo, actuantes a diario, dentro de las cárceles.
Euskal Herria vive y vivirá porque el desarrollo personal de sus mejores miembros compendia en el hoy el pasado y el futuro. Porque en el hoy se empieza a construir el mañana gracias a que el ayer nos da lecciones valiosas. Para escribirlas murieron y se sacrificaron decenas de miles de vascos y vascas. Durante ese tiempo largo ha estado operando materialmente una filosofía del sentido de la vida y de la supeditación de la muerte a la vida. Una filosofía que sólo puede expresarse colectivamente a través de los individuos libres y autocríticos, así como individualmente a través de la colectividad autocrítica y libre. Es muy importante que esa filosofía aparezca escrita y publicada para que las generaciones futuras no tengan que recorrer el camino que nosotros estamos andando, sufriendo más dolorosamente que nosotros. Pero es todavía más importante, es decisivo, que nosotros la practiquemos, mejoremos y ampliemos. Nuestra práctica de hoy será la libertad de nuestros descendientes mañana.